Autocensura y una mente lúcida

No exagero si digo que mi vida lleva años girando en torno a una permanente autocensura y una represión hacia mis pensamientos y mi manera de ser por problemas de autoestima y necesidad de cariño por un lado, y por otra por el temor constante a las críticas, los prejuicios y una condena que no engaño a nadie si afirmo que en nuestra moderna y democrática sociedad como así la denominan amplios sectores del pueblo, se sigue catalogando a las personas, en función de su físico, titulación profesional o incluso ideología o creencia, por supuesto omitiendo los actos de la persona o sus valores.

Siempre he creído en la libertad y en el respeto mientras la otra persona no atente contra mi propia integridad o se me impongan unos ideales o un proyecto ajeno a mi persona. Siempre creí que a las personas se las debe juzgar por sus actos y no por sus palabras, su estética o sus gustos. Pero la realidad es tozuda y suele ser la situación opuesta.

Con un amigo personal, el otro día le comenté que parte de mi rebote hacia cierto sector de personas y el me contestó tajante, no puedes pretender que aún portando su estética, y llevando la misma simbología que ellos te acepten por la sencilla razón de que esas personas ni tienen la formación ideológica que tú tienes ni mucho menos tu integridad moral y ética, y normalmente quien se acerca a esos ambientes va buscando lo que va buscando que no suele ser nada bueno. Y llevaba razón, al final, me empeño en pretender agradar, ser aceptado, y evitar asumir que la vida que un día elegí y los ideales que hice míos, salvo que los presentes de una manera impecable, nunca va a ser sinónimo de aceptación social, ni comprensión personal, y es cierto, con el tiempo te das cuenta de lo que son las cosas, y quien iba a pensar que alguien que había pasado por lo que yo he pasado acabase en este punto, cuestionando todo el sistema de valores que desde pequeños nos han enseñado a muchos de nosotros y escupiendo el dinero, su rechazo y su abyecto cinismo.

Quien me iba a decir a mí que iba a poner punto y final a esa autocensura que me obligaba a callar por miedo al rechazo, a ser etiquetado, confundido o incomprendido. Pues mira lo que son las cosas que llega un punto en que todo te da igual, pues al final como he dicho otras veces y lo reafirmo, quien quiera atacarme buscará cualquier excusa para justificar su odio o envidia o razón del ataque, y quien me quiera en su vida, me va a querer a pesar de mis gustos, tatuajes, físico e ideales. Y esto es así, aunque es muy triste que las personas que tenemos una autoestima y una personalidad un tanto volátil tengamos que estar siempre con estas. Es muy triste ver qué tienes un problema y que al final toca convivir con él porque no tiene solución, porque es un problema de la propia percepción hacia uno mismo y no tiene que ver lo más mínimo con la realidad. No obstante, aún nos queda seguir luchando, seguir adelante, y no dejar de vivir nuestra vida porque en nuestra persona siempre haya desajustes.