Quiénes niegan la raíz, niegan todo aquello que nace de ella.

Cuando se habla de Tradición se olvida que los primeros pueblos que habitaron Iberia no eran Cristianos, y que en aquel entonces aún no existía lo que hoy llamamos Estado Nación, sino que la Identidad de los Pueblos se basaba en la Familia, la Lengua, la Diferenciación Étnica, las Costumbres, y el ser de cada pueblo y su modo de vivir la espiritualidad. En aquel entonces la creencia era Pagana, pero esto no significa que no creyeran ni que fueran inferiores, sino que en lugar de tener una religión basada en un único Dios, y unas enseñanzas específicas, creían en la naturaleza, en los Dioses, en la mística de las runas y los símbolos. Se equivocan los sectores del Tradicionalismo Católico o los sectores Nacional Liberales cuando se empeñan en despreciar a nuestros antepasados negando que España ya existía como territorio geográfico muchos siglos antes de nacer siquiera los Reinos o el Estado Nación y la uniformidad artificial de la Casa de Borbón y Anjou desde 1700. España y su Tradición son hijas de aquellos Carpetanos, Oretanos, Suevos, Alanos, Godos, Visigodos, Hispanorromanos, Vascones, Tartesos, Lusitanos que hace más de dos mil años procedentes de la Germanía y de Europa estuvieron en nuestra Península. Y negar su fe, sus costumbres, su lengua despreciandolos, como quien desprecia los Fueros, los Reinos, y la Monarquía Austracista, implica negar a España, y resulta un comportamiento profundamente contrario a la Patria y completamente enfermizo, cosa normal cuando se parte de los valores jacobinos de la Revolución Liberal Masónica de 1789.